miércoles 16 de diciembre de 2009

La historia que nunca fue

Esta es la historia que nunca fue.

Nunca procedió de ningún lugar, ni sucedió en algún tiempo. Nadie nunca supo nada, pues no hubo protagonista que la relatara. Ningún evento extraordinario la desató, y a nadie afectó su inexistencia.

Bueno, esto último es mentira.

La historia que nunca fue no es, y ni será, por una sencilla razón: nadie se atreve a contarla. La historia que nunca fue podría ser, y sería la mejor. La historia que nunca fue hubiera sido una historia inolvidable, inmejorable, insuperable. Pero nadie osa intentar empezarla siquiera. No existe escritor ya que sea lo suficientemente valiente como para sentarse con papel y pluma en mano a escribir la historia que nunca fue. No existe juglar ya que sea lo suficientemente aventado para pararse un día frente a la gente y anunciar que está a punto de relatar la historia que nunca fue.

Aquellos que alguna vez lo intentaron han dejado de ser. La historia misma les robó su escencia tan pronto e incurrieron en los “éranse unas veces”. Más allá de los primeros dos o tres capítulos no pudieron llegar… el más persistente creo que llegó al cuarto. La historia era tan violenta, tan completa, tan vasta, que nadie pudo con ella.

El primero que alguna vez quiso empezarla murió de hambre o de sueño, según se dice. Se dio cuenta de lo perfecta que la historia tenía que ser, que para poder escribirla a su gusto pasó sus últimos días sin dormir o comer intentando perfeccionar el primer párrafo.
El segundo que lo intentó fue un juglar. Su lengua era dulce y sus palabras cautivadoras. La historia lo mató de un infarto, puesto que cuando llegó a la parte de horror de la historia temió tanto, que su corazón simplemente se detuvo, presa de un ataque de pánico.
El tercero era un músico, que pensó que si la ponía en Si bemol la historia se apaciguaría y lo dejaría completarla. Pasadas unas cuantas estrofas en la parte trágica de la historia, el músico se sumió en llanto y se rehusó a seguir hablando por siempre jamás. Bueno, de todos modos no podía, nunca dejó de llorar tampoco y poco a poco se deshizo entre sus lágrimas hasta que se desvaneció llevando consigo su intento fallido de domar la historia.
Alguno de entre tantos que siguieron simplemente desapareció. De repente lo encontraron riendo sin poderse detener. Fue tan feliz después de la comedia en la historia que nunca fue, que simplemente no pudo evitarlo. La historia no importaba, ya nada importaba de hecho. Era feliz y desapareció, lanzando carcajadas al horizonte lejano.
Quizá fue el vigésimo, incluso el trigésimo, el que perdió la cordura. Llegó a la parte romántica de la historia y a partir de ahí fue que perdió la cabeza. La pasión lo envolvió y simplemente se volvió loco… loco de amor. Nada de lo que decía ahora tenía sentido y su palabra favorita se volvió “Amor”. Ya reía, ya lloraba, ya se quedaba días enteros sentados mirando al horizonte, esperando quizá a poder recobrar la conciencia para continuar, quizá a la amada que envidió a la historia que nunca fue.

Tal vez fue después del centésimo que dejaron de intentarlo. El interés por la fama dejó de atraer. El deseo de superarla por mero ego dejó de ser tentador. Los ratos de inspiración acababan en un suspiro cuando la víctima se daba cuenta de que estaba lo suficientemente apasionado como para empezar a escribir esa historia. Ninguna suma, ningún reconocimiento, ningún sentimiento eran ya lo suficientemente fuertes como para que a alguien siquiera se le ocurriera intentarlo de nuevo.

Ya nadie se acercaba a la historia que nunca fue.

¿Yo?

Yo no soy ambiciosa. Tampoco he vivido lo suficiente como para saber qué es bueno o malo, qué da más miedo en este mundo, si haber estado a punto de morir o haber estado a punto de perder a tus seres queridos. No sé qué es ser absolutamente feliz o completamente desgraciada. Podría decirse que sigo a la espera de mi amor verdadero, si es que éste algún día piensa llegar. Nada de lo que tengo es adecuado para intentarlo. Lo más seguro es que acabe como el resto.

Aunque, igual y el día que no tema morir porque sé que será en plena paz, el día que sacie mis ganas de compartir lo buenos que fueron los días más felices de mi vida con los demás, el día que ya no me quede más llanto por mi soledad, el día que me canse de amarte tanto que ya no pueda besarte ni abrazarte, ni anhelar despertar a tu lado cada día entre tu piel desnuda, ni añorar cada momento que pasamos sentados por ahí compartiendo un atardecer, una despedida, una imagen, un sueño… ese día será el que intente escribir la historia que nunca fue.

Ese día en que ya no tenga nada qué perder ni nada qué ganar, será el día en que la historia que nunca fue se convertirá en mi historia.